Papá se puso pálido cuando se lo dijo. Estábamos recorriendo el Museo del Quijote en Ciudad Real, en una de esas visitas culturales a las que nuestros padres nos llevaban desde nuestra más tierna infancia. León nos había dicho a mí y a Inés su interés por ganarse la vida de mayor haciendo robos. Siempre pensamos que era una broma más de León, pero parecía que no lo era.
- ¿Qué dices, hijo? -peguntó mamá bajito.
-Digo que seré ladrón. Mirad estos manuscritos. Los robas y los vendes en el Rastro de Madrid. Así de fácil puedes garantizarte unos ingresos mensuales. No hace falta trabajar a cambio de un sueldo mísero.
-Estás mal de la cabeza -murmuró mamá.
-Mi salud mental es muy buena.
-No lo parece, hijo.
Salimos a la calle. Papá seguía en silencio. Había recobrado su color, pero callaba. Esto era una mala señal. Mamá quiso ir a ver las murallas antiguas de la ciudad. Parece que todas las ciudades han tenido murallas. Ciudad Real conserva algunas piedras interesantes. Mi hermano intentó inciciar allí mismo su carrera delictiva llevándose un pedrusco de la Puerta de Toledo. Entoces mi padre habló.
-¡No eres mi hijo! -chilló, y señaló a mamá diciendo: Aquí tienes al hijo que tuviste de tu novio el atracador de coches.
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